RINDIENDOSE AL UNIVERSO

Durante estos últimos años, en que la mayoría de vosotros ha estado viniendo a Satsang de forma constante, os he recordado la importancia de girar nuestra atención. Girar nuestra atención y dejar de fijarnos en el mundo y empezar a fijarnos en el mundo de verdad: en lo que tenemos dentro de nosotros. Ahora vamos a agregar algo nuevo, que es igual de necesario. Vamos a aprender a rendirnos. Vamos a aprender a aceptar que no somos nosotros los que hacemos que las cosas ocurran. 

Yo sé que muchos de vosotros diréis: “¿Pero qué está diciendo? Si yo soy el que hago que las cosas ocurran. Yo soy el que hago las cosas: yo soy el que salgo de casa, yo soy el que voy a trabajar, yo soy el que voy al supermercado, yo soy el que hago la comida…” 

Nada de eso es una decisión tomada por vosotros. Y cuesta aceptarlo. Cuesta entenderlo pero es imprescindible, porque para encontrar la verdad no se puede creer en una mentira. ¿Cómo puedo probar que no sois vosotros, no soy yo, el que decide las cosas? No puedo. Es imposible probarlo. Pero al mismo tiempo es imposible probar lo contrario. Es imposible probar que vosotros sois los que hacéis las cosas. “¡Ah! Pero yo salgo a la calle. Salgo por la puerta y digo: ¿voy a la derecha o voy a la izquierda? ¡Voy a la izquierda! Y me tiro a la izquierda”. Puede ser que esa sea vuestra decisión o puede ser que lo que estaba decidido era que dudaras y que después cogieras a la izquierda. Pero eso no se puede probar. La única forma de probarlo sería que pudiéramos rebobinar el tiempo. Sería que pudiéramos decir: “Bueno. Voy a hacer esto, voy a tomar esta decisión. Y esa decisión, voy a ver sus consecuencias. Y después rebobino, vuelvo al mismo punto donde tomé la decisión y voy a tomar la decisión contraria, a ver cuáles son las consecuencias”. Como eso no se puede hacer, no podemos probar que somos nosotros los que hacemos que las cosas pasen, como tampoco podemos probar que no somos nosotros los que hacemos que las cosas pasen. Las posibilidades son 50% 50%

Os propongo algo. Durante toda vuestra vida habéis pensado que sois vosotros los que hacéis que las cosas pasen. ¿No? Además, todo el mundo piensa así. ¿Y qué ha pasado? Que estáis aquí buscando dejar de sufrir, buscando empezar a vivir en paz. O sea, que no ha resultado. Probasteis la posibilidad que os decía la sociedad, la familia, la educación. Esa posibilidad que tiene un 50% de posibilidades de ser real, de ser verdad. Y no os ha funcionado. Porque si no, no estaríais aquí. Porque si fuera verdad que vosotros sois los que hacéis que pasen las cosas, las cosas pasarían como vosotros queréis que pasen. Y eso no ha sido así. A veces pasa. Una en 100 veces pasa. Pero por lo general nunca pasa lo que queremos que pase. 

Entonces, lo que os propongo es que probéis la opción contraria. El otro 50% de posibilidades. ¡Así de simple, a ver qué pasa! Simplemente rendirse, aceptar que todo lo que está pasando está pasando porque sí. De la misma forma como los planetas se mueven por el Universo. De la misma forma como las galaxias hacen todo lo que las galaxias hacen. Ninguna galaxia piensa lo que tiene que hacer, ninguna galaxia toma una decisión cada mañana para ver si va a la derecha o a la izquierda. Porque todo está fluyendo de una forma. Y todo el Universo lo acepta, excepto los seres humanos. ¿Y quiénes son los que sufren en todo el Universo?: los seres humanos. Los únicos que creemos que somos nosotros los que tomamos las decisiones. 

Esto no quiere decir que nos vamos a sentar en casa a no hacer nada y esperar que vengan ángeles a traer la comida para mis hijos, que vengan a traer el dinero para la hipoteca, ni nada de eso. No. Tenemos que seguir haciendo lo mismo que hemos estado haciendo, pero aceptando que eso no lo decidimos nosotros. De la misma forma que un planeta se mueve y él no ha decidido moverse. 

Nosotros tenemos que hacer lo que hacen los animales. Todos los días buscan comida, procrean, alimentan a sus cachorros. Todo eso lo estamos haciendo y tenemos que seguir haciéndolo, pero conscientes de que esa coreografía no la decidimos nosotros. Que esos movimientos que hacemos a lo largo del día no somos nosotros los que los decidimos. La mente nos dice que sí, la famosa mente de la que hemos hablado tanto. La mente nos dice: “Sí. Eres tú. Eres tú el que tiene que decidir. Eres tú el que tiene que pensar. Eres tú el que tiene que hacer”. Probad a no hacerlo y veréis que todo sigue igual. Que seguís trabajando igual. Seguís haciendo la comida igual. Seguís haciendo todo igual, pero desde una fuente distinta. Probadlo, porque la opción contraria no os ha resultado. 

Y en eso consiste rendirse. En aceptar total y plenamente: “Yo no soy el hacedor. Yo soy una marioneta y la Gracia hace lo que quiere conmigo”. Y disfrutarlo, porque cuando te dejas guiar por la Gracia haces cosas preciosas con tu vida. Y vives tranquilo. Y vives en paz. ¿Qué pasa cuando la marioneta cree que es ella la que tiene que moverse? Que empieza hacer cosas que no debe, que empieza a enredarse en sus propios hilos y termina atada de pies y manos. Y eso es lo que nos pasa a nosotros. Por eso estamos aquí. Porque somos marionetas que pensamos que somos nosotros los que movemos los hilos.

Somos meros actores. Estamos actuando un papel. No somos el director. ¡No! No somos el productor. Ni somos el guionista. Todo eso es la gracia quien lo hace. Somos actores. Nos dan un papel que cumplir y tenemos que cumplirlo con todo nuestro amor. Con toda nuestra energía. Con todo nuestro corazón. Pero ese papel no lo escribimos nosotros. Y en el momento en que empezamos a tratar de escribirlo, a tratar de cambiarlo, a tratar de decidir, es cuando las cosas empiezan a ir mal en nuestra vida. Es cuando empezamos a sufrir, porque estamos yendo en contra de todos los demás bailarines de la coreografía. Nos estamos tropezando con todos ellos porque no estamos siguiendo el guión. El guión que nos han dado. El guión que ha escrito el mejor guionista del Universo, dirigido por el mejor director del Universo, producido por el mejor productor del Universo. 

Lo único que tenemos que hacer es actuar nuestro papel. Y para ello hay que rendirse primero. Porque vivimos creyendo constantemente que somos nosotros los que tenemos que tomar las decisiones para que las cosas pasen: que tenemos que pensar, que tenemos que decidir todo. Y eso crea una gran tensión en nosotros. Vivimos a la defensiva porque todo eso que nos dice la mente: “Que tenemos que darle vueltas, que tenemos que luchar, que tenemos que hacer, que tenemos que buscar la forma, que tenemos que tomar las decisiones” y lo único que nos produce es sufrimiento. Porque nos estamos responsabilizando de algo de lo que no tenemos ninguna responsabilidad. Y cuando las cosas no salen como el pequeño guión que nos hemos escrito a nosotros mismos, nos echamos la culpa: “Es que no lo estoy haciendo bien. Es que no he tomado las decisiones correctas. Es que no he hecho esto. Es que soy un fracaso como pareja. Es que soy muy mal trabajador. Es que yo no he salido adelante en mi carrera…”  

Todo eso ha pasado porque en vez de seguir el guión del mejor guionista del Universo has tratado de seguir el pequeño guión que te ha dictado tu mente. Cuando empiezas a hacer tu papel todo empieza a funcionar, porque estás en ritmo perfecto con todo el Universo. Y ese director, ese guionista y ese productor lo único que quiere es que dejemos de sufrir. Lo único que quieren es que disfrutemos de la paz que somos. Que nos demos cuenta. Es lo único que quiere, porque nos ama. Porque somos nosotros mismos amándonos a nosotros mismos.

Pero nuestro ego se niega rotundamente a aceptar una cosa tan simple. Se niega rotundamente. No solamente considera que nadie mejor que él para tomar las decisiones, decisiones que tenemos que tomar, supuestamente, sino que va todavía más allá y trata de hacer que los demás tomen las decisiones que nuestro ego quiere. Y tratamos de decir a los demás lo que tienen que hacer, cómo tienen que vivir, cómo tienen que llevar su vida. Queremos manejar la vida de nuestros hijos. Queremos manejar la vida de nuestros padres. Ni siquiera nos conformamos con estropear nuestra propia vida, también queremos estropear la vida de los demás. 

Porque si pudiéramos decir:  “Mira, yo soy feliz y te voy a decir lo que tienes que hacer para que tú seas feliz tambien”. Pero no podemos decir eso. Porque ninguna persona feliz se atrevería a decirle a otro ser humano qué es lo que tiene que hacer. Ninguna persona libre se atrevería a quitarle su libertad a otro ser humano. Pero lo hacemos constantemente. ¡Constantemente! A nivel familiar. A nivel social. Todo el mundo nos quieren decir cómo vivir, qué es lo que tenemos que hacer, qué es lo que tenemos que comer, cómo tenemos que comportarnos. Vivimos en un mundo donde todo el mundo sabe lo que los demás tienen que hacer, pero nadie es feliz. 

Pasamos nuestra vida tomando decisiones que no sirven de nada. “Tengo que llegar a tal sitio, tengo una reunión: ¿Y si cojo por aquí? ¿Y si hay tráfico allí? ¿Y si cojo por allá? ¿Y si hay un accidente allí? ¿Y si cojo la M40 y pasa esto? ¿Y si llueve? ¿Y si no llueve?…” ¡Si al final vas a llegar a la hora que vas a llegar, porque no eres tú el que lo decidió! Porque eso ya el Universo lo decidió cuando se creó: que tu ibas a llegar a determinada hora a ese sitio. A veces a tiempo, a veces con retraso y a veces adelantado. Pero eso no lo decides tú. Y al final lo que decide el Universo es lo que va a pasar. Por mucho que quieras cambiarlo no lo vas a cambiar. Pero como no podemos rebobinar no podemos probarlo. Es la única cosa (risas…): que el Universo nos dice que tenemos que aceptarlo y ver qué pasa cuando lo hacemos. Porque además eso conlleva que cada vez que no sale el pequeño plan que tenemos, nos machacamos. Nos echamos la culpa:“Debía haber hecho esto. Debía de haber salido 5 minutos antes. Debía haber dicho esto. No debía haber hecho aquello…”.

Todo eso es desamor. Estamos negándonos amor. Y si nosotros nos negamos amor,¿cómo pensamos que el Universo nos lo va a dar si lo primero que tenemos que hacer es aceptarnos tal y como somos? Exactamente tal y como somos. Y amarnos. Al final, no nos hemos hecho nosotros. A mí nadie me preguntó cómo quería ser. ¿A vosotros os preguntaron? ¿Verdad que no? Entonces no hay ninguna responsabilidad. Yo soy así porque soy así y punto. Y no hay que asumir una responsabilidad que no nos toca. Y eso conlleva aceptar que yo soy así. El Universo me ha creado así. El que yo no lo entienda lo único que demuestra es lo limitada que es la mente para tratar de encontrar razones. Para tratar de encontrar el porqué de las cosas. 

Las cosas son así porque son. El Universo es así porque es. El universo es así. Punto. Y nosotros somos así y tenemos que amarnos tal y como somos, porque todo lo que hace el universo es perfecto. Cuando al Universo le dejamos hacer lo que hace, todo es perfecto. Las manzanas nacen perfectas en el árbol. Las estrellas se mueven en perfecta combinación. A veces chocan y se destruyen, pero es parte del guión. Eso no es una cosa que hay que evitar, no es una anomalía en el Universo. No. La creación y la destrucción es parte del Universo y hay que aceptarlo tal como es, porque no podemos aceptar lo que nos gusta del Universo y no aceptar lo que no nos gusta. O lo aceptamos todo o no estamos aceptando nada y seguimos creyendo que nosotros, algo tan insignificante como el ser humano, puede cambiar lo que sucede en el Universo. 

Estamos en eso constantemente. Constantemente: “Vamos a enseñarle al Universo cómo se hacen las cosas”. Eso es lo que estamos haciendo constantemente. Y es muchísimo trabajo. ¡Parad! Si no sirve de nada. ¡Y cómo cansa! (risas…) Yo cuando trataba de cambiar el Universo… ¡cómo trabajaba! Para nada. Porque no cambió nada. Todo sigue funcionando igual y todo sigue funcionando perfectamente.

Cuando dejas de luchar empiezan a suceder cosas maravillosas a tu alrededor. Pequeños milagros. Aparecen sitios donde aparcar inmediatamente (risas…) ¡Son regalos! Regalos que nos está dando el universo todo el tiempo. Pero como nosotros tenemos un pequeño guión y queremos seguir ese guión no le permitimos que nos lo dé. Le estamos diciendo: “¡No! Yo quiero mi pequeño plan”. La raíz del sufrimiento es eso: querer seguir nuestro pequeño plan. Y, tercamente, nunca rendirse.

Luis de Santiago

 

MADRID – 15 de noviembre 2019